La vejez como arte
En muchas culturas, envejecer es un honor. En Japón, cuando alguien cumple cien años, el emperador le envía una taza de sake de plata. Las tribus bereberes del Atlas marroquí guardan a los mayores en el centro del poblado, no en los bordes.
Nosotros, en Occidente, hemos invertido la cosa. Envejecer se ha convertido en una especie de fallo que hay que disimular. Cremas antiarrugas, operaciones, residencias que esconden a quienes ya no producen.
Y así hemos perdido algo muy valioso: la figura del anciano como consejero, como memoria viva, como puente entre épocas.
Si tienes abuelos vivos, escúchales. No para transcribirles, sino por el placer de estar con ellos. Si ya no los tienes, busca mayores alrededor. Hay mucha gente con setenta, ochenta años, con ganas de contar cosas. Sólo hace falta sentarse con ellos un rato. Volverás otro.