Desconectar para volver
Hace unos años, pasar un fin de semana sin teléfono era sencillamente una imposibilidad. Hoy, para muchos, es una conquista casi espiritual.
No es el móvil el problema, claro. Es nuestra relación con él. La promesa de estar siempre informados se ha convertido en la obligación de estar siempre disponibles. Y en ese tránsito, algo muy valioso se nos ha quedado por el camino: el aburrimiento.
Aburrirse. Qué palabra tan denostada y qué falta nos hace. Porque es en esos minutos vacíos, mirando al techo o al cielo, cuando la mente, por fin libre, empieza a crear, a conectar ideas, a recordar, a soñar.
Desconectar no es huir. Es volver. Volver al cuerpo, volver a la conversación larga, volver a leer un libro sin interrupciones, volver a ese lugar interior del que sólo se sale cuando hay silencio suficiente.