Los cuentos de los abuelos
Antes de Netflix, antes de YouTube, antes incluso de la televisión, los niños se dormían con un cuento oral. Un cuento que alguien les contaba sin leerlo. Un cuento que cambiaba un poco cada noche según el ánimo del narrador o la cara del niño.
Bruno Bettelheim, el psicólogo austríaco, explicó en los años setenta por qué los cuentos tradicionales son irremplazables. Hablan en clave simbólica de todo lo que a un niño le preocupa: la separación de los padres, el miedo a lo desconocido, la ambivalencia hacia los hermanos, la muerte.
Caperucita, Pulgarcito, La Cenicienta: no son ingenuidades antiguas. Son manuales de supervivencia emocional en versión miniatura. Bien contados, hacen más bien que cien charlas pedagógicas.
Si tienes niños cerca, regálales cuentos contados de memoria. Aunque te inventes trozos. Aunque te equivoques. Les estás dejando, sin darte cuenta, una herramienta que les va a acompañar mucho después de que ya no estés.