Cartas a mi yo más joven
Prueba un ejercicio raro y poderoso. Siéntate con un papel y escribe una carta a ti mismo, a los veinte años. Cuéntale lo que te gustaría que supiera. Lo que te dolió y no era necesario. Lo que pasaste mal y se curó con el tiempo. Lo que descubriste y querrías haber descubierto antes.
Al principio parece un juego tonto. Al cabo de diez minutos escribiendo, algo raro pasa. Empiezas a reírte solo, a llorar un poco, a decir cosas que llevabas años sin decir.
Esa carta no es para mandarla a nadie. No se puede mandar. Es para ti, hoy. Para reconciliarte con ese joven o joven impetuoso que aún vive por dentro y a veces suelta un grito.
Al cabo de unos días, escribe otra. Al yo que tenga, pongamos, ochenta años. Cuéntale lo que esperas haber aprendido para entonces. Lo que le deseas. Lo que querrías que no olvidara. Son dos cartas, enviadas al vacío, que se parecen a un encuentro con uno mismo. Es una experiencia sanadora que no cuesta nada.