El camino de Santiago
Desde hace más de mil años, millones de personas caminan hacia Santiago de Compostela. Cristianos al principio, personas de todas las creencias después, y ahora también mucha gente sin credo específico, que sólo siente que necesita caminar.
Los que vuelven coinciden en una cosa. No es la llegada lo que importa, sino el camino. Los treinta días de andar entre ocho y veinticinco kilómetros al día, con la mochila al hombro, con los pies doloridos, acaban vaciándote de lo que no era tuyo.
Mucha gente llega a Santiago llorando. No por emoción religiosa. Por haber encontrado algo dentro que había dejado de sentir hacía años. O por haberse desprendido, por el camino, de algo que la estaba matando lentamente.
Si alguna vez sientes que necesitas reiniciar de verdad, apúntate una temporada en un Camino. El de Santiago, el de la Via Francigena, el de Kumano Kodo en Japón, el que quieras. No es una vacación: es una cura.